Por Ivone Gebara

Camaragibe, 18 de octubre de 1993

La revista Veja me hizo una entrevista que publicó en su edición del 6 de octubre de 1993, con el título EL ABORTO NO ES PECADO. A pesar de haber concedido, libremente, esa entrevista quiero distinguir aquello que ha sido comprensión y redacción propia de los periodistas y mi posición personal. La entrevista fue desarrollada, informalmente, en tres momentos diferentes, incluso por una llamada telefónica internacional, dado que me encontraba fuera del país. Fue hecha por dos profesionales del periodismo, uno del Nordeste y uno del Sureste del país. Esta entrevista fue después re-organizada por él-ella y publicada antes de la fecha prevista, sin que yo tuviera oportunidad de revisar el texto. Por lo tanto, como cualquier entrevista en estas condiciones, ésta, también, tiene sus límites y distorsiones inevitables. A pesar de ello, la entrevista tuvo éxito y suscitó acaloradas discusiones, alguna solidarias y otras solicitando una rectificación pública de mi pensamiento.

Por ello, quiero, en este momento, reafirmar mis posiciones, no para que sean aceptadas sino, sólo, para ser discutidas en los límites de nuestra frágil democracia y libertad de pensamiento.

Desde hace muchos años la cuestión de la legalización del aborto ha sufrido un proceso de mutación impresionante, no sólo en la sociedad en general sino, también, en la iglesia. Tal como los espejos y el movimiento de las piedritas de colores del caleidoscopio social y religioso, así, también, se mueven los argumentos y las posiciones alrededor de esta difícil cuestión que suscita una diversidad inmensa de argumentos filosóficos, religiosos, psicológicos, políticos y jurídicos, no siempre con la participación directa de las mujeres.

Hoy día estoy en favor de la descriminalización (1) y de la legalización del aborto como una forma de disminución de la violencia contra la vida. Soy, también, consciente de los límites inherentes a esta posición, de las dificultades legales y otras, particularmente consecuencia del estado actual de casi quiebra de nuestras instituciones públicas.

La vida en un barrio marginal, el contacto con el sufrimiento de centenares de mujeres, sobre todo pobres, viviendo torturadas frente a sus problemas personales y de sobrevivencia, me da el respaldo suficiente para algunas afirmaciones que, en consecuencia, asumo. Trato la cuestión más bien a partir de las mujeres empobrecidas porque ellas son las mayores víctimas de esta situación trágica.

Independientemente de su legalización o su no legalización, independientemente de los principios de defensa de la vida, independientemente de los principios que rigen las religiones, el aborto ha sido practicado. Por lo tanto es un hecho clandestino, pero público y notorio. Según cifras difundidas por diversas instituciones de salud de Brasil, se calcula anualmente en millones los abortos clandestinos con un 10% de mortalidad materna. Tales espantosas cifras son indicativas de una problemática que necesita ser regulada. Es, pues, en primer lugar, deber del Estado garantizar un orden y legislar, constantemente, para que la vida de sus ciudadanos y ciudadanas sea respetaba. La legalización no significa la afirmación de bondad, de inocencia y menos aun de defensa incondicional y hasta superficial del aborto como hecho, sino apenas la posibilidad de humanizar y adecentar una práctica que es común. La legalización es, apenas, un aspecto coyunturalmente importante de un proceso más amplio de lucha contra una sociedad organizada sobre el aborto social de sus hijos y de sus hijas. Una sociedad que no tiene condiciones objetivas para dar empleo, salud, vivienda y escuelas, es una sociedad abortiva. Una sociedad que obliga a las mujeres a escoger entre permanecer en el trabajo o interrumpir un embarazo, es una sociedad abortiva. Una sociedad que continúa a permitir que se hagan test de gravidez (pruebas de embarazo) antes de admitir a la mujer a un empleo, es abortiva. Una sociedad que silencia la responsabilidad de los varones y sólo culpabiliza a las mujeres, irrespeta sus cuerpos y su historia, es una sociedad excluyente, machista y abortiva.

La descriminalización y legalización del aborto podrían, en esta lógica, hasta ser consideradas como un comportamiento en la línea de continuidad de la violencia institucional, una especie de respuesta violenta a una situación violenta. Podríamos hasta pensar en eso si los millones de abortos y muertes de mujeres no existieran de hecho. Como estos son hechos incontestables, legislarlos de manera lo más respetuosa posible, llega a ser una forma de disminuir la violencia contra las mujeres y la propia sociedad en su conjunto.

En esta línea de pensamiento concentrar la defensa del inocente sólo en el feto, como afirman algunas personas, es una forma de encubrir la matanza indiscriminada de poblaciones enteras, igualmente inocentes aunque en forma diferente, ya sean víctimas de guerra o de procesos económicos, políticos, militares o culturales vigentes en nuestra sociedad. Es también, más de una vez, una manera de no denunciar la muerte de miles de mujeres víctimas inocentes de un sistema que aliena sus cuerpos y las castiga sin piedad, culpabilizándoles e impidiéndoles de tomar una decisión adecuada a sus condiciones reales. La concentración de la culpa del aborto en la mujer y la criminalización de este hecho, es una forma de encubrir nuestra responsabilidad colectiva y nuestro miedo de asumirla públicamente.

En esta perspectiva, para mí como cristiana, defender la descriminalización y reglamentación del aborto, no significa negar las enseñanzas tradicionales del Evangelio de Jesús y de la iglesia, sino acogerlas frente a la paradoja de nuestra historia humana como una forma actual de disminución de la violencia contra la vida.

No siempre los principios cristianos u otros, resisten frente a los imperativos de la vida concreta, imperativos que nos hacen más maleables, más misericordiosos(as), más comprensivos(as) y convencidos(as) de que la ley es para nosotros los humanos y no nosotros los humanos para la ley; que la ley debe ayudar nuestra debilidad, especialmente cuando nuestra libertad es aplastada por estructuras injustas que mal permiten la realización de actos libres y plenamente humanos.

Hoy día es necesaria, y urgente, la discusión abierta y plural, en busca de un consenso a partir del bien común, la búsqueda ética en defensa de todas las vidas humanas. Y, en este diálogo plural, es responsabilidad del Estado, en su inalienable autonomía, llegar a un consenso en vista de un orden justo que garantice, por medio de las leyes, la vida de sus ciudadanos y ciudadanas, y ponga límites a una situación caótica provocada por la práctica del aborto clandestino.

Mi posición frente a la descriminalización y la legalización del aborto como ciudadana cristiana y miembra de una comunidad religiosa es una forma de denunciar el mal, la violencia institucionalizada, el abuso y la hipocresía que nos envuelven, es una apuesta por la vida, es pues en defensa de la vida.

(1) Las palabras descriminalizado o descriminalización, que significan quitarle su condición de crimen a algo, no existen en los diccionarios de la lengua española, por lo tanto, son neologismos. También son neologismos, en portugués, las palabras descriminalizado, descriminalizaçao o similares, usadas por Ivone, y por medios de comunicación de masas cuando, por ejemplo, hablan de legalizar la droga.

Remitido: Atención de Gladys Parentelli

Traducción de Rosa Ciancio, Caracas, noviembre de 1993

Recuperado de: http://evangelizadorasdelosapostoles.wordpress.com/2011/06/29/por-una-discusion-abierta-y-plural-ivone-gebara-habla-sobre-el-aborto/

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